Archivos disidentes

Texto: Kit Hammonds

En su proyecto para la Bienal de Gwangju en 2016, Dora García reconstruyó la librería Nokdu dentro de la sala de exhibición. Un lugar de encuentro esencial en esta ciudad coreana en los años setenta del siglo pasado –cuando los movimientos obreros estaban calentando motores para la casi revolucionaria Rebelión Gwangju de 1980–, la librería ocupaba originalmente un nicho significativo entre los movimientos democráticos de Asia Oriental. El modelo de trabajo, titulado Librería Nokdu para los vivos y los muertos, funcionó en múltiples niveles: como una escultura o una instalación, como una librería de arte que contrastaba con la mercancía disponible en la tienda oficial de la bienal, así como una biblioteca o lugar de encuentro. También podría interpretarse como una especie de monumento dedicado a la acción política y, asimismo, al papel de las librerías (y los libros en sí) en la consolidación del pensamiento alternativo y libertario, aunque la artista prefirió verlo como un lugar vivo. Construido de hojas de triplay con una librería de arte en su interior, mientras las paredes externas contenían los libros de la tienda original, la instalación de García mezclaba lo que estaba dentro y fuera de circulación con el conocimiento histórico. En esencia, forjó un contra-archivo al tiempo que permitía que el fantasma de un pasado verdaderamente radical –que congregaba en Nokdu– dialogara con una tendencia de las librerías distinta, y menos urgente políticamente, con el propósito de que esas librerías sea lugares de encuentro y puntos de intercambio, en contra de su propósito aparentemente comercial.

La hibridación de las librerías va más allá de la obra de los artistas.

La tradición de las librerías alternativas como lugares de encuentro entre artistas, poetas y pensamiento radical se extiende hasta mediados del siglo XX (y probablemente, más allá.) En el Londres de los años cincuenta, Better Books abrió en Soho, con acervos de poesía beat y otros materiales creativos impresos. Albergaba asimismo música jazz y experimental, incluida la primera aparición de Allen Ginsberg en la ciudad en 1965, un performance improvisado que, sin embargo y según informes, atrajo a una multitud, entre ella a Andy Warhol y Edi Sedgewick. Las exhibiciones de Better Books  fueron igualmente innovadoras, albergando algunos de los primeros happenings en Europa occidental, junto con muestras radicales de artistas que incluían a Gustav Metzger y Joh Lathan, en colaboración frecuente con poetas como el gerente de la librería, Bob Cobbing. Better Books se inspiró en City Lights de San Francisco –manantial de la comunidad de poesía beatnik donde, irónicamente, “los hippies debían usar la puerta lateral”.

Durante los años 70, Other Books and So, de Ulises Carrión, mezcló en Ámsterdam la poesía, el correo y el arte conceptual, hasta conseguir lo que se convertiría en modelo de la librería de artista, en donde se reunían pequeñas publicaciones impresas de manera independiente o, en sus propias palabras, “otros libros, no libros, anti-libros, pseudo-libros, cuasi-libros, libros concretos, libros conceptuales, libros estructurales, libros proyecto o simples libros”, que en muy raras ocasiones se vendían. Su contraparte en Nueva York fue Printed Matter, que aún hoy no sólo continúa siendo una librería sino que es también un distribuidor de libros de artistas independientes y eje de la Feria del Libro de Arte de Nueva York que, a lo largo de los últimos diez años, se ha convertido en el mayor acontecimiento en el calendario del arte.

De igual manera, recientemente el Salon für Kunstbuch de Bernhard Cella en Viena fue una escultura viviente. Al principio funcionaba como una tienda de libros, situada dentro del estudio mismo del artista, quien mantiene una relación particularmente comprometida con la edición como forma de arte, acumulando tantos libros (sin vender) hasta que, ocasionalmente, tendría que cerrar pues nadie podría entrar. Se trata acaso de una idea más familiar en México, donde varias  librerías de viejo parecen tan repletas que sólo el dueño puede navegarlos. Sin embargo, la tienda de Cella cumplió una función distinta en cuanto fue adquirida por el museo Belville 21 como parte de su acervo. La librería funciona ahora como tienda del museo y Cella continúa administrándola, aunque también se ofrece como obra en sí y, por supuesto, como un archivo sobre el proceso de transformación acerca del cual, asimismo, afirma Cella: “Este salón es un espacio de arte por partida doble, un sistema de comunicación y una dramaturgia que no se enfocan únicamente en la producción y distribución de obras de arte. Desde sus inicios, este lugar ha sido instalado como un espacio modelo a escala de 1:1 en el que podría desarrollarse un juego relacional entre objetos, personas y obras de arte”.

Sin embargo, la hibridación de las librerías va más allá de la obra de los artistas. De hecho, hay cierta tendencia favorable a estos espacios superficialmente obsoletos. Particularmente en Asia existe una proliferación de librerías independientes que funcionan como cafés, bares y foros para la música en vivo y la poesía. El más sugerente sería tal vez el hotel librería en Japón, en donde los famosos hoteles que consisten en cápsulas de alta tecnología se han fusionado con las estanterías de madera ligeramente cargadas de una librería de viejo, para que uno pueda leer y dormir entre las pilas de libros, a salvo de las redes sociales. Sin embargo, curiosamente la librería independiente en sí siempre ha sido más una red que una tienda.

En realidad, pocos de estos libros se vendían aun antes del advenimiento de los medios digitales, y una tienda repleta de las rarezas de la poesía concreta nunca será, ciertamente, un éxito comercial. Así que las librerías independientes dedicados al arte descansan en un lugar extraño y aparentemente mágico que comparte aspectos con la biblioteca pública y el archivo. Sin embargo, mientras estos últimos son lugares que intencionalmente albergan la memoria cultural, estas pequeñísimas librerías se han convertido en lugares de cultura excedente, a menudo con saldos o cajas de ofertas en los que uno puede encontrar tesoros . El teórico de archivo David Greetham ha sugerido incluso que “una regla de oro podría ser que entre más valioso culturalmente o más popular comercialmente aparenta ser algo aquí y ahora, más elegible debería ser para nuestros fines de conservación”. Un buen ejemplo en este sentido son los Rollos del Mar Muerto, encontrados entre los desechos de un basurero histórico de Nag Hammadi, sin los cuales careceríamos de un punto de vista esencial sobre la era bíblica. Y mientras las colecciones oficiales tienden hacia los lugares comunes, es en estas librerías de pequeña escala donde se lleva a cabo el esfuerzo de mantener la contracultura, tanto en el presente como en el pasado, gracias a los libros que éstas poseen como de aquellos que circulan por ellas. Ya sea en el monumento deliberadamente vital de García o en las librerías independientes dedicadas al arte, como Ooga Booga en Los Ángeles, Casa Bosques en la Ciudad de México, The Book Society en Seúl o en muchas más alrededor del mundo, existe una fascinación por las librerías como lugares, proto-archivos donde las historias olvidadas del futuro están siendo escritos en el presente.