Cimentar la memoria. Consideraciones en torno al archivo en arquitectura

“Vive la bestia en modo no histórico, pues se funde en el presente como número que no deja sobrante ninguna extraña fracción”

Friedrich Nietzche

El archivo en arquitectura edifica mitos

El arquitecto más influyente del siglo xx, Charles-Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier, dejó un archivo vasto, casi inabarcable, organizado de forma meticulosa, exhaustiva, obsesiva. Su archivo contiene todo lo que a su obra y persona se refiere:

Correspondencia, recibos telefónicos, recibos de luz, recibos de lavandería, estados de cuenta bancarios, postales, documentos legales, procedimientos judiciales, retratos familiares, fotos de viajes, maletas, baúles, archiveros, piezas de cerámica, alfombras, conchas, pipas, libros, revistas, recortes de periódico, catálogos de venta por correo, cada versión de cada manuscrito… y, por supuesto, sus pinturas, esculturas, dibujos, y toda la documentación de sus proyectos.1

El hábito archivístico le viene al arquitecto de manera casi natural: organizar, concentrar y abstraer grandes cantidades de información y procesos complejos son parte fundamental del quehacer arquitectónico. Más allá de las consideraciones prácticas, el archivo también alimenta la ambición y la fantasía máxima del arquitecto: la permanencia. El archivo en arquitectura es prolongación natural de una práctica casi maniática que busca dirigir destinos y moldear la realidad en su totalidad. El archivo como control de todo, incluso la percepción y representación misma de la figura del arquitecto. Más allá de sus proyectos construidos y la enorme influencia que ejerció sobre sus contemporáneos, a raíz de este “exceso archivístico” que describe Beatriz Colomina, Le Corbusier se ha consagrado como la perfecta encarnación del proyecto arquitectónico moderno del siglo xx. Proyectarse a uno mismo como origen y extensión de la propia obra: el diseño de sí.

El archivo también alimenta la ambición y la fantasía máxima del arquitecto: la permanencia.

El archivo en arquitectura es parte del proceso de diseño

Alguien que en nuestra época podría competir con Le Corbusier en términos de influencia sobre la arquitectura —y también de “exceso archivístico”— es el holandés Rem Koolhaas, de la Office for Metropolitan Architecture (oma). Para oma, el archivo es una herramienta fundamental de su proceso de diseño: una fuente de reinvención, reciclaje y autoconocimiento. Si alguien en oma tira a la basura una maqueta, Rem se pone fúrico. En arquitectura nunca hay tabula rasa: un proyecto siempre se construye en parte sobre otro, como referencia a un proyecto anterior (propio o de alguien más). En oma este proceso es más consciente y explícito, está mejor articulado que en el caso de otras oficinas:

Colocadas en cajas, numeradas y catalogadas, todas las buenas maquetas y pruebas se guardan esperando el momento en que vuelven a entrar en los circuitos de diseño de la oficina... Los dos gestos de archivar y desarchivar maquetas apuntan a una característica muy específica del proceso de diseño (de oma): la reversibilidad. Archivar significa poner en espera, congelar temporalmente el potencial de cada maqueta para inducir nuevas formas de diseño; desarchivar significa reintroducirse en los flujos de cosas en la oficina, en las redes de diseño.2

El vasto archivo de oma es parte de sus flujos de trabajo, una pieza clave en el ciclo de investigación-especulación-producción que es parte del sello de complejidad, velocidad y avanzada que caracteriza al despacho. Esta capacidad retrospectiva y prospectiva le asegura está en la raíz de una de diseño y también discursiva relevante.

El archivo en arquitectura hace legible la arquitectura y refuerza su condición de práctica expandida

En octubre de 2002, el Canadian Centre for Architecture (cca) de Montreal inauguró una exposición de arquitectura que se volvió un referente instantáneo: Archeology of the Mind, curada por Philip Ursprung. En ella, las maquetas del archivo del despacho suizo Herzog & de Meuron se presentaron como piezas singulares en un mar de objetos y curiosidades. Esto como evolución natural de la postura de los arquitectos respecto a exhibir arquitectura (explícita ya desde 1988 en su paradigmática exposición Architektur Denkform). En lugar de una muestra monográfica donde se presentan proyectos terminados (construidos o sin construir) Herzog & de Meuron se ocupan de hacer legible la práctica de su arquitectura, desvelar procesos, y reafirmar su lugar como un quehacer cultural que se extiende más allá de las esferas de lo profesional. Aquí el archivo, en lugar de ser autorreferencial, funciona como un punto conector entre los entresijos del despacho y el mundo allá afuera, el contexto, los constructos culturales:

Nos imaginamos que éramos arqueólogos del futuro y nos topamos con cientos de maquetas en el archivo Herzog & de Meuron sin saber lo que significaban... Ubicamos las maquetas en el contexto de obras de arte, objetos artesanales, etnología, libros, fotografías y otras cosas... fragmentos sacados de contexto... no hay paneles de texto muros, ni trazos de edificios existentes, ni fotografías documentales, ni fotografías de clientes, ni planos.

Sacar el archivo de las bodegas y de la oficina, hacerlo público y llevarlo a los límites difusos entre el arte y la arquitectura para sacar a la disciplina de su solipsismo y su cerrazón experta, abrazando una cultura material y visual amplia, indisociable de la vida cotidiana. El archivo es un elemento indispensable del vuelco curatorial que ha cimbrado la forma de hacer arquitectura hoy, a través de exposiciones, pero también nuevas posturas teóricas y programas académicos experimentales desde donde se está repensando y reinventando la profesión.

El archivo en arquitectura ensucia, desmitifica —humaniza— la arquitectura.

El archivo en arquitectura derrumba mitos

Cualquier archivo es un laberinto. Un archivo nunca ofrece una lectura única. Contrario al render perfecto, la foto retocada o la mal llamada memoria de proyecto —ese resumen de lugares comunes que hoy en día los despachos de arquitectura producen para venderse—, el archivo revela ensayos, errores, problemas, reconsideraciones, secretos incómodos, tambaleos y dudas. El archivo también desacredita la noción de la arquitectura como un producto de autor genial y solitario, devolviéndola a su lugar en el intercambio entre equipos, referentes, colegas, proveedores, interlocutores, clientes, confidentes y encuentros fortuitos. Edifica mitos, pero también los derrumba. Quizá por eso antes de dejar Viena para trasladarse a París en 1922, Adolf Loos ordenó a sus asistentes prender fuego a su archivo, esperando eliminar rastros contradictorios y lastres pasados que le impidieran empezar de cero. (En lugar de eso, Heinrich Kulka y Grethe Hentschel lograron rescatar los restos documentales y reconstruir un retrato parcial en Adolf Loos: Das Werk des Architekten en 19314.) El archivo en arquitectura ensucia, desmitifica —humaniza— la arquitectura.