Celeste

Texto: Aldo Chaparro

Imágenes: Ulises García

Celeste fue el nombre de mi primer perro, una dachshund muy inquieta pero muy lista. Ella fue la inspiración para el nombre de nuestra revista. El primer número salió en Monterrey en 1999; luego nos mudamos al DF, en donde por 12 años la publicamos trimestralmente.

Durante esos años Celeste fue una plataforma muy experimental para una escena de creadores e intelectuales que en esos momentos recién se estaba gestando y que ahora son quienes, en diferentes áreas, representan gran parte del escenario local e internacional.

Los primeros años la editaba yo; siguieron José García, Paola Viloria y Pia Camil. Durante los años que edité Celeste y los siguientes en donde dirigí el grupo con Vanesa Fernández, llegamos a tener seis diferentes publicaciones, varios libros al año, fiestas y exposiciones. Patrocinamos proyectos de diferentes disciplinas, piezas de arte, viajes de investigación, desfiles y conciertos.

Celeste, su hermanita menor, Baby baby baby, o el periódico que hacíamos para American Apparel eran objetos muy difíciles de construir, de comercializar y de distribuir, pero aun así, en algún momento esas revistas llegaron a tener una distribución gigante en todo el mundo, se podían encontrar en Nueva York, Los Ángeles, Madrid, Berlín, Tokio, Seúl, Buenos Aires o Lima.

Las oficinas de Celeste eran una especie de comuna-manicomio en donde vimos pasar a todo el mundo y vivimos las experiencias más extrañas. La revista es un importante documento histórico, el retrato de una época, en donde, aunque ya existían publicaciones sobre arte, moda, diseño y arquitectura, no había una que interconectara y tendiera puentes sobre diferentes disciplinas, generando relaciones más interesantes que sólo reseñar lo que estaba pasando.

Pienso que un buen editor es como una gran antena, una antena sensible a su contemporaneidad y su momento histórico. No sólo debe entender su presente: su trabajo es adelantarse al futuro y proponer.