Archivo de un cazador de canciones: La música que Alan Lomax nos dejó

Texto: Lacey Pipkin

Imágenes: Lomax Collection — Library of Congress

Hace algunos años, mientras trabajaba como productora de una gira de conciertos, pasé meses viajando entre Norteamérica, Europa, Australia y Asia, tomando aviones, autobuses y vans entre las ciudades y lugares donde presentábamos shows de rock, blues y estándares folk de Estados Unidos.

Pasaba también incontables horas en aeropuertos, gasolineras, controles fronterizos y lobbies de hotel. Esos sitios de espera, de tiempo muerto, siempre estaban rebosantes de canciones comerciales, alguna vez populares, consideradas por algún programador o algoritmo suficientemente inofensivas para aquellos, como yo, en limbo en Melbourne, Amberes o Tulsa. Lejos de ser algo inocuo, resultaba enloquecedora en su complacencia y monotonía entre un país y otro. La canción que me perseguía constantemente durante esos meses no era de los 40 principales del momento, era algo mucho más extraño y despiadado: “In the Air Tonight” de Phil Collins. Esta canción de poco más de 20 años de antigüedad parecía estar siempre lista para estallar de las bocinas de cualquier espacio público por el que pasara, y cada que escuchaba la batería del inicio pensaba en como Alan Lomax tenía razón al advertirnos en 1960 acerca del creciente circuito de distribución en masa de música comercial y acabaría por  condenarnos a un aburrimiento cultural paralizante.

Lomax, el obsesivo etnomusicólogo del siglo XX, pasó más de 50 años haciendo grabaciones de campo de música folclórica, empezando por el sur rural de Estados Unidos, continuando esta labor en países del Caribe, Europa, Norte de África y Asia. Activo en el campo de 1933 a 1985, estuvo en el lugar perfecto para observar el efecto corrosivo de la expansión de la radio, la televisión y la publicidad en comunidades pequeñas que siempre habían creado sus propias maneras de entretenerse. El enorme archivo que produjo de canciones folclóricas y documentación sirve como testimonio de su convicción de cómo, al preservar y promover la tradición oral en las comunidades rurales, estas podrían resistir mejor a los efectos devastadores de la comunicación en masa centralizada que amenaza con erradicar lo que Lomax consideraba el mejor rasgo de nuestro legado cultural: lo afortunadamente diferente que somos entre nosotros.

Irónicamente Lomax es mayormente recordado no por su archivo de grabaciones si no por su rol como el hombre detrás del telón en los últimos 100 años de historia de la música popular comercial. En la década de los 30 y 40, realizó las primeras grabaciones de los, hasta entonces desconocidos, artistas del Delta blues: Lead Belly, Muddy Waters y Son House (entre otros), presentándolos al público general y preparando el escenario para la influencia que ejercieron en el rock and roll. Hizo lo mismo por los cantantes de música folk Woody Guthrie y Pete Seeger, a los que incluía en transmisiones de radio y programas en vivo que popularizaron su música y los puso al alcance del joven autor Robert Zimmerman, quien emulara a Guthrie hasta que descubrió el como convertirse en Bob Dylan. Casualmente, existe el rumor de que Lomax intentó desconectar el controversial concierto eléctrico de Dylan en el festival de folk de Newport de 1965. En las décadas de los 50, 60 y 70, comenzó a viajar por Europa, el Norte de África y Asia, haciendo grabaciones para discos de distribución comercial de canciones internacionales de folk que, en efecto, iniciaron el género World Music (para bien o para mal). Y en 1977 trabajo como consejero de Carl Sagan para definir la música que se incluiría en el Disco de Oro, posicionándose a nivel público como un experto de renombre en la música que mejor representaría a toda la humanidad ante cualquier extraterrestre que apareciera por la nave espacial Voyager.

Aún así no es su cercanía con el mainstream lo que convierten a Lomax en una figura fascinante, si no su colección de miles de horas de grabaciones en cilindros de fonógrafo, cintas de audio, película y video, además de sus fotografías y bitácoras de viaje. El archivo físico está resguardado en la Librería del Congreso, y es estudiado activamente por antropólogos y otros investigadores, pero una gran parte de sus archivos de audio, fotografía y video se encuentran disponibles en línea, tanto en la página de la Association for Cultural Equity, la fundación que Lomax creará en los años 80, o en la extraña iteración de la herramienta que soñó en crear durante la última etapa de su vida: el Global Jukebox, un mapa interactivo del mundo poblado por música folk, archivada por regiones catalogada meticulosamente (grabaciones propias y de gente que convenció para contribuir en el proyecto). He pasado horas en ambos sitios, escuchando conciertos de calipso, canciones de pesca Calabresas, danza Bereber de Marruecos y jotas valencianas que viven junto a ejemplos de música country con la que crecí en Texas. La facilidad con la que puedes navegar entre música de lugares tan diferentes, especialmente con Global Jukebox, te permite observar como cambia nuestro sentido del ritmo de un lugar a otro, como varían los instrumentos que escogemos para tocar, y como también que tan similar puede ser nuestra voz a la de otros en lugares desconocidos del mundo.

La única manera de apreciar la amplitud y profundidad del archivo de Lomax es sumergiéndote en él, perderse y darte cuenta, una vez que emerges de vuelta, que es imposible entender la dimensión de esta colección. Cada vez que lo hago me quedo con la misma pregunta: ¿Cómo una persona pudo hacer todo esto? Para armar esa colección se requiere de una obstinación por un propósito que resulta completamente desconcertante por como señala la dedicación casi religiosa y quijotesca de Lomax hacia su trabajo de documentación, así como sus paradójicas contribuciones a la evolución de la música popular distribuida en masa –sin mencionar su idea mesiánica de ser el único que podría realizar este acto de archivar la música tradicional antes de que esta desaparezca. Lo que se origina como respuesta es una percepción de dependencia mutua: así como Lomax pensaba que su archivo lo necesitaba, el llegó a necesitar su archivo y lo que este le demandaba, como un modo de vida que inventará para anclarse a sí mismo en contra de las constantes corrientes de cambio.

Claramente ni los esfuerzos de Lomax o sus compañeros folcloristas y coleccionistas de canciones pudieron hacer mucho por detener la invasión de la cultura producida en masa en las comunidades donde encontró florecientes expresiones folclóricas. Nuestra realidad actual, como yo también aprendí, es que en cualquier momento, uno puede estar seguro que Phil Collins esta sonando en algún lugar del mundo. Pero aquellos de nosotros, dispuestos a dedicar un tiempo a las grabaciones e imágenes de Alan Lomax, debemos agradecerle por acertar un gran golpe a la homogeneidad y aburrimiento del siglo XXI.