GABINETE
Último viene el cóndor

Texto: Rafael Toriz

Ilustraciones: Óscar Benassini

Si algo podemos asegurar, dentro de las certezas a nuestro alcance en el mundo natural, es que la conciencia como la conocemos no estaba presupuestada. El origen del lenguaje verbal, que nos diferencia de toda especie conocida, mucho tiene de artificio; a poco de usufructuarlo se revela su naturaleza de prótesis que, bajo las circunstancias adecuadas y en las dosis precisas, refuerza su extrañamiento original, lo que permite comprobar la hipótesis de William Burroughs al respecto de que el lenguaje sería un virus inoculado del espacio exterior que nos utiliza para propagarse. Como en el caso del huevo con la gallina, es muy probable que seamos la herramienta para difundir una especie venidera.

Por ello escribir sobre los animales, sin dejar de ser uno de ellos, resulta una de las perplejidades más estimulantes y enigmáticas de la existencia. Herederos de un simio que se animó a bajar de los árboles en pos del cielo y de la tierra, es intrigante comprobar que la capacidad de leer estas palabras se avenga con el lugar privilegiado que ocupamos en la cadena alimenticia: somos, por excelencia, el predador de predadores.

En cierto sentido el hecho de ser humano, es decir, un animal que habla (homo loquax), no es para nosotros sino la sublimación de una fábula. Y en ese carácter extraño, que es el de nombrar a las especies que nos rodean, se cifra a su vez nuestro dominio, al menos en los términos intuidos por Elías Canetti: “los animales no sospechan que les hemos puesto nombres. O tal vez sí, y por eso nos temen”.

El desconcierto, sin embargo, debiera ser minúsculo. Puesto que si bien las manos con las que escribimos dan forma a la realidad con el lenguaje, aún conservan la memoria del tiempo en que fueron garras.

Creaturas del lenguaje

La historia de la vida es una cadena asombrosa de accidentes que sólo puede entenderse en el orden de lo alucinante o, si se prefiere, de lo real maravilloso. Pensar que vivimos en el mismo planeta dominado alguna vez por dinosaurios resulta una experiencia sobrecogedora no sólo porque demuestra la gratuidad de la conciencia que permite el reconocimiento de este pasado, sino también porque estas palabras podrían ser escritas, y lo más probable es que lo sean en un mundo paralelo, por un insecto.1

Ante tal espectáculo resulta natural que nuestra especie, desde sus inicios, se haya visto fascinada por los seres con los que comparte el territorio. Desde las cuevas de Altamira y Lascaux, pasando por los bellísimos y extraordinarios bestiarios medievales –entre los que destacan el Physiologus, las historias naturales de Plinio, Claudio Eliano, Isidoro, Gessner, Johnston y Aldovandri– el cisma que ocasionó el encuentro con el Nuevo Mundo –y cuya Historia general y natural de las Indias de Fernández de Oviedo registra con fascinación– hasta la obra pictórica de Waldon Ford o los contundentes animales de Adrián Villar Rojas, nuestra relación con los animales ha pasado de la seducción a la estupefacción, y de la identificación a la sorpresa. En los animales vemos un espejo de lo que somos, una fuente de alimento y, en ocasiones, la proyección de una esperanza, como demuestran los puntillosos estudios de sociobiología realizados con hormigas por el entomólogo E. O. Wilson. Los animales son la certeza de que la variedad del mundo es hermosa e insospechada, y que dicha diferencia es una riqueza de la que podemos nutrirnos en todos los aspectos; al menos, si existiera un equilibrio y un ethos responsable, cosa que está lejos de cumplirse gracias a la voracidad de la especie y nuestro proceso civilizatorio, que destruye a los organismos con los que compartimos el planeta en el presente con tres agentes preponderantes: el desarrollo del capitalismo global, la estupidez endémica de la especie y la medicina tradicional china. Empero, conviene evitar catastrofismos. Para quien quiera darse una idea somera del estado de la cuestión, vale la pena mirar los documentales Racing Extinction, Mision Blue o leer The Sixth Extinction. Unnatoral History de Elizabeth Colbert. Ahora que si lo que se desea es calibrar el horror, conviene analizar con lupa lo que vienen realizando en www.boyalifegroup.com, la fábrica más grande de clonación animal en China.

La literatura occidental, rémora donde las haya, ha hecho de los animales uno de sus leitmotiv para ensanchar el conocimiento del mundo. Desde Esopo hasta Borges y de Highsmith a Arreola –pasando por Spencer Holst, el Kafka de Brooklyn– el arte verbal ha visto en las bestias una cantera inagotable para la representación fantástica de la imaginación, dotándolas de atributos sobrenaturales que proyectan, como en las leyendas populares, las potencias arquetípicas del inconsciente. No otra cosa puebla la vasta y rica tradición de las narrativas orales, en las cuales los elementos de la naturaleza suelen desempeñar un papel fundamental en la cotidianidad de los individuos. El caso mexicano, pródigo como todo en su cultura popular, se encuentra lleno de lagartos, cenzontles, mulas, cerdos, guajolotes, tlacuaches, monos y cacomixtles que, mirados con atención, despliegan un encantamiento en el que prima el reconocimiento: si los animales nos convocan tanto, es porque somos parientes y tenemos un origen común; una realidad que ha intentado ser abatida una vez y otra también por la lógica occidental, que trata por todos los medios posibles de separar al hombre del animal.

A lo largo de la historia, han sido continuos los intentos por zurcir la brecha que nos separa de los “otros animales”, siendo que desde que existen registros históricos de nuestra especie, el universo del hombre ha estado atravesado por las emociones, comportamientos y asombros de nuestros vecinos: nuestra idea de civilización es el sueño inconcluso de diferenciarnos del animal que nos antecede, nos origina y llevamos dentro: el animal que repudiamos amándolo y ante el cual rendimos nuestras más importantes funciones vitales de emoción e intelecto.

Entre otros hallazgos sorprendentes, ha sido el antropólogo canadiense Jeremy Narby –autor de dos libros extraordinarios,The Cosmic Serpent: DNA and the Origins of Knowledge e Intelligence in Nature– quien ha equiparado a nuestra especie con el jaguar (durante mucho tiempo, el mayor predador del continente americano) demostrándonos lo mucho que debemos aprender del felino. Un cazador que apenas se deja ver, que lleva mucho más tiempo que nosotros en el calendario de la vida y que enseña a vivir respetando a las otras especies, tomando sólo lo necesario para su subsistencia: el jaguar, predador da predador, se mimetiza con la jungla como las estrellas en la noche.

Narby argulle, luego de más de casi de más de dos décadas de trabajo de campo en la Amazonia, que si los chamanes pudieron descurbir los poderes del compuesto medicinal de la ayahuasca, fue por la comunicación del ADN de las plantas con el propio ADN humano, lo que vertebra la comunicación con otras especies y organismos incluso a un nivel molecular: la ciencia y la antropología de punta están demostrando que la naturaleza es un ser dotado de su inteligencia propia.

Por ello, conviene ensayar lenguajes nuevos, mecanismos naturales que aniquilen la ilusión de que somos seres aislados e independientes, porque ya estamos comunicados. Se trata ahora de imaginar un bestiario donde el hombre sea una más entre las especies con lenguaje compartido y fecundo para celebrar la vida.

(...) “los animales no sospechan que les hemos puesto nombres. O tal vez sí, y por eso nos temen”.

El cóndor andino

Si bien su origen es espurio como todas las aves de su su familia –la maldición de los catárdidos radica en su gusto por la carroña– entre todos sus parientes ninguno más gallardo y generoso que el cóndor andino; tampoco ninguno más señorial. Sólo se le asemeja el cóndor californiano, que es su versión norteña, aunque más chica. Y ni hablar de los zopilotes, los gallinazos, los jotes y las auras. Sólo el cóndor –la más grande de las aves que cruzan hoy el firmamento– se pasea a sus anchas por las costas del Atlántico y el Pacífico, dotando de un pedigrí insospechado a los ahijados a su linaje: los buitres parientes suyos son exclusivos del nuevo mundo. Y ninguno como el cóndor es dueño de dos oceános.

Nombrado antes que nadie por los quechuas, es una figura central dentro de su ecosistema puesto que, carroñero al fin y al cabo, vive de la pepena mientras limpia los estropicios de la muerte, causa que lo ubica en la cúspide de lo corrupto: gracias a su pico, aves menos procaces se alimentan de sus zozobras, pero al cóndor lo que gusta es lo blando de los cadáveres: ano, lengua, ojos y ubres.

Animal totémico de la América sureña, su reinado –que fue el del puma– se extiende desde los Andes en Venezuela hasta el Cabo de Hornos en la Tierra del Fuego.

Elegante y señalado por la gorguera que lo distingue, su plumaje es azabache y escarlarta la cabeza, lo que lo vuelve un franciscano parecido al marabú.

Ágora que cruza el cielo, los incas lo tenían por la fuente de presagios: fasto si en la mañana, nefasto al atardecer.

Mudo de nacimiento, es lo contrario de la oropéndola; aunque se sabe a ciencia cierta que habló la lengua del urubú.

Si bien la ciencia moderna sostiene que el cóndor vive más de 70 años, los antiguos habitantes sabían que el cóndor es inmortal.

Cuando el animal siente próxima la muerte, vuela hasta el pico más alto, repliega las alas, recoge las patas y se deja caer a pique contra el fondo de las quebradas, donde termina su reinado, sólo para volver al nido.

Símbolo apreciado por su valor e inteligencia, el compositor Daniel Alomía Robles compuso la zarzuela El cóndor pasa, que identifica a uno de los continentes más desdichados del mundo: pieza que tocan los niños con la flauta que llaman dulce y a la que Simon y Garfunkel renombraron fascineros: El cóndor pasa… si pudiera.

Cuando el animal siente próxima la muerte, vuela hasta el pico más alto, repliega las alas, recoge las patas y se deja caer a pique contra el fondo de las quebradas, donde termina su reinado, sólo para volver al nido.

1. Si a este asombro sumamos que se trata de la tercera roca en relación con una estrella entre millones dentro de una galaxia en espiral que es parte de una red de un supercúmulo de galaxias que responde al nombre de Laniakea –lugar de cielos inconmesurables en lengua hawaina–,  el asombro se dispara al infinito.