UNA NOTA SOBRE LAMALAND

Texto y fotogramas — Pablo Sigg

LAMALAND (PARTE I), el esperado largometraje de ficción de Pablo Sigg acerca de los últimos días de la colonia aria que fundara la hermana de Nietzsche en Paraguay, es el inicio de un extraño, arduo —y épico, sin duda— ciclo de tres películas, cuya primera entrega se estrenó el pasado enero en el Festival Internacional de Cine de Róterdam. Protagonizado e interpretado por los dos sobrevivientes de la utopía bautizada con el nombre de Nueva Germania y filmado durante casi una década en la soledad de la selva paraguaya por el propio director sin un equipo de rodaje, pero con todo el protocolo técnico de una producción comercial, el filme de Sigg es una fábula negra sobre dos grandes disoluciones: por una parte, la de un siniestro y casi desconocido sueño colonial del siglo xix, y por otra, la de las misteriosas lindes entre lo factual y lo ficcional o el cine como prueba de que esa frontera es meramente aparente. El siguiente texto acerca del making of de Lamaland (Teil I) fue escrito inicialmente por sugerencia de Gerwin Tamsma,1 y es publicado por primera vez en ANIMAL.

He aquí la encarnación del nihilismo, acaso la expresión diabólica por antonomasia: la vida no se dirige a ninguna parte, no hay plan, tampoco telos; el presente circula sin fin, repetitivamente, y la propia materia del mundo se precipita al abismo.

Roger Koza sobre LAMALAND (TEIL I).

La imagen más vieja y persistente que mi mente guarda al fondo de la idea de Lamaland es la de dos hermanos que, de modo inverso a la pareja primordial del Génesis, son, no el comienzo, sino el final de un pueblo, de una comunidad, de una raza. Las últimas dos hojas de un árbol genealógico seco. Parejas de hermanos que deciden ser el sabotaje silencioso de familias y generaciones enteras; que miran con horror la procreación y que deploran, al igual que los gnósticos, la reproducción humana. Hermanos cuya unión también implica su destrucción mutua: Caín y Abel no al principio, sino al final de la Historia. En algún momento y casi sin darme cuenta, me crucé con dos parejas de esta naturaleza, que a su vez estaban ligadas históricamente entre sí: los Nietzsche y los hermanos Schweikhart.

Friedrich y Elisabeth Nietzsche fueron los hijos únicos de Franziska Oehler y del pastor luterano de Röcken, Carl Ludwig Nietzsche. Friedrich, el mayor, nunca tuvo hijos, esposa ni pareja. (En alguna de las fantasiosas biografías sobre su hermano, Elisabeth sugiere que Nietzsche —cuyo derrumbe psíquico se atribuye a una sífilis contraída en un burdel en Leipzig— permaneció virgen hasta su muerte.) Elisabeth estuvo casada cuatro años con el profesor de enseñanza básica y antisemita profesional Bernhard Förster, con quien se unió en contra de los deseos de Nietzsche, y con el cual no tuvo hijos ni la intención de tenerlos. Con Förster fundó —llevando a cabo una idea de Richard Wagner— una colonia aria, luterana y “pangermana” en medio de la selva paraguaya en febrero de 1886. Ese oscuro sueño colonial fue llamado Nueva Germania. Después del suicidio de Bernhard Förster en 1889 en Paraguay —que en una mórbida coincidencia cronológica se separa sólo por unos meses del colapso mental de Friedrich Nietzsche— los hermanos volvieron a reunirse para ya no separarse jamás. (Friedrich Nietzsche murió, después de 10 años de vivir en una silenciosa ataraxia, en una de las habitaciones del Nietzsche-Archiv, donde su hermana, la fundadora y madre del archivo/museo dedicado a su hermano, lo tenía a disposición de la mirada de algunos peregrinos selectos.)

A su vez, los hermanos Schweikhart, los dos últimos sobrevivientes directos de la colonia Nueva Germania, son hijos de madre y de padre pertenecientes a dos de las 14 familias arias puras que bajo la guía del matrimonio Förster-Nietzsche llegaron a Paraguay, al territorio que habría de ser la “semilla de una nueva Alemania”. Nacidos en la selva profunda, Friedrich y Max Josef Schweikhart fueron educados en casa y nunca han abandonado el enorme pedazo de tierra que heredaron de sus padres y de sus abuelos. Viven de lo que la naturaleza les ofrece espontáneamente, en especial la yuca, que hervida es su principal y casi único alimento. (Wagner estaba convencido de que la decadencia moral de las civilizaciones se deriva de una alimentación incorrecta y en específico de la carne. En algún texto habla del experimento realizado en prisiones norteamericanas donde los criminales más duros se regeneraban exitosamente gracias a una dieta de vegetales, granos y tubérculos. Nietzsche, por el contrario, pensaba que el vegetarianismo tenía un efecto depresivo en el espíritu humano.)

Se podría argumentar que la vida de los Schweikhart es fundamentalmente contemplativa. La recolección, incluso, es para ellos más una manera de observar los efectos de la naturaleza que un modo de trabajo. Duermen con sus perros y gatos en una habitación de tres ventanas que se abren directamente a la selva, en dos camas de niño, cuyas viejas cabeceras con flores fueron labradas por el abuelo Josef.

Duermen con sus perros y gatos en una habitación de tres ventanas que se abren directamente a la selva, en dos camas de niño, cuyas viejas cabeceras con flores fueron labradas por el abuelo Josef

En el primer kilómetro de la propiedad está asentada la casa alemana de ladrillo y cal construida por los primeros Schweikhart hacia fines del siglo XIX, con ático, puertas y ventanas de madera decoradas con adornos de forja; la cocina con horno de pan de hierro colado y estufa de leña. En ellos, en Friedrich y Max Josef Schweikhart, no sólo termina la línea familiar, sino también el sueño ideológico de su comunidad; su propia piel es la delgada membrana final de una burbuja utópica; ellos son los últimos metros cuadrados de un sombrío Edén; son y se saben el final de algo que envejece todos los días, una disolución que se ha arraigado en sus árboles y sus pájaros, en las paredes negras de la casa, en la gran pila de ropa que achica la habitación en las sofocantes noches de diciembre.

Aún no puedo recordar con exactitud cómo apareció en mi mente la idea de hacer Lamaland. Sé que el esquema inicial nació hace más o menos ocho años, cuando terminaba de filmar mi primera película con los hermanos Schweikhart, el documental titulado Der Wille zur Macht (La voluntad de poder). Pese a su torpeza, ese documental ya guarda en potencia todo lo que Lamaland es y habrá de ser. Más aún, es probable que hacer Lamaland sólo sea una manera de retrotraer eso que mis ojos vieron por primera vez hace casi una década y que mi cámara apenas, de modo incipiente, comienza, o quiere comenzar, a ver.

Der Wille zur Macht fue extremadamente difícil de realizar no sólo porque el área geográfica donde Nueva Germania se encuentra —o se encontró alguna vez— es hoy una suerte de nudo territorial donde coinciden la guerrilla paraguaya que vive oculta en la selva con el tráfico de droga que circula alrededor de la frontera sur de Brasil. Recorrer diariamente esos cerrados caminos de tierra era correr un riesgo diario. Pero mi verdadero problema eran los propios Schweikhart: su silencio, su soledad, su sorda persistencia. Viviendo en casi completo aislamiento, su existencia es vivida en armonía con los preceptos predicados por los fundadores de Nueva Germania: la preservación de la línea genética y racial de la colonia, la práctica del luteranismo, el uso exclusivo de la lengua alemana, la filiación al vegetarianismo. Pese a que tenían una vaga idea del mundo exterior a través del sistema de trueque establecido con sus vecinos de selva más próximos —menonitas y alemanes llegados en épocas posteriores— y gracias a una vieja radio, cuyo sonido inconsistente sonaba siempre durante las primeras horas de la mañana, los Schweikhart jamás habían visto una cámara de cine. Para ellos fue una alegría completa asistir al milagro de la duplicación del tiempo por medio de imágenes y sonidos en movimiento gracias a tiras de fotogramas de celuloide o por mapas electrónicos de pixeles. (La primera vez que vieron un paneo de la selva en la pantalla del video assist especularon —como acaso Zenón o Parménides lo habrían hecho— que en realidad eran los árboles los que se desplazaban y no la cámara, como si lo que modificara la realidad fuera la cámara y no al revés. Hoy pienso que los Schweikhart tenían razón y esos árboles en una tarde fría de junio ya no eran los mismos, en ellos se había operado un tipo de modificación dimensional. Era esa transformación lo que los Schweikhart contemplaban con vértigo y fascinación. Y siendo que esa percepción, esa mirada nueva, de algún modo modificaba también a los propios Schweikhart, filmarlos a ellos era a su vez vertiginoso y fascinante, como si filmar a los hombres que nunca habían visto registros de imágenes en movimiento fuera lo mismo que filmar por primera vez al hombre.)

Gradualmente, conforme se interesaban más en la técnica y en los procesos de producción, los Schweikhart me permitieron registrar los primeros fragmentos del material que más tarde sería Der Wille zur Macht. A su vez, comencé a darme cuenta de que ambos eran actores extraordinarios, es decir, no sólo grandes personajes, sino verdaderos actores en el sentido más puro y misterioso de la práctica, y, por un afortunado azar, eran extrañamente complementarios: lo que Friedrich era capaz de hacer con su fantástico rostro de Cranach, Max lo hacía con su cuerpo eléctrico de largos brazos, cuyos gestos se articulaban y desarticulaban en un elegante humor tan espontáneo como involuntario. Era claro que ese rostro y ese cuerpo se habían sofisticado en la rutina diaria, en la serie de rutinas —en el sentido performático— que todos los días llenaban el dilatado tiempo de una selva vacía y muda. Vladimir y Estragon esperando, no entre las dunas, sino al norte de Paraguay.

En 2011 comencé a escribir Lamaland. (El título es de Nietzsche. En una carta de 1887 a su hermana Elisabeth —apodada por él Llama, Lama en alemán, dada la “inquebrantable testarudez” de su carácter— le propone nombrar Lamaland al pedazo de tierra neogermana que ella pretendía venderle por 300 marcos. Al final, Nietzsche, el gran apátrida, nunca adquirió ese terreno.) Durante los años siguientes continuaron las idas y vueltas a Nueva Germania y los ensayos con los hermanos Schweikhart. Decidí que la mejor manera de trabajar con ellos era coreografiando no sólo cada secuencia, sino cada minuto de cada plano. Ellos se sentían más cómodos interpretando instrucciones muy detalladas, construyendo minuciosamente largas acciones en tomas continuas, memorizando movimientos, pausas y gestos, por medio de un sistema de conteo rítmico. Muchas veces usamos un metrónomo portátil —una reliquia de mis olvidadas lecciones de piano— cuyo golpeo pendular los Schweikhart se complacían en contemplar largamente después de los ensayos. El rodaje de las dos primeras partes de Lamaland implicó muchos meses de filmación; años en total de hacer y rehacer tomas en conformidad con el clima y las estaciones del año. El ritmo se trabajo también se hacía más lento por el hecho de que Lamaland fue realizada con el vasto y pesado material de cine de una producción mucho mayor, pero sin la presencia de un equipo de rodaje. (No era una forma de masoquismo: pronto me di cuenta de que, entre más grande y compleja fuera la parafernalia de filmación, mayor era la convicción de los hermanos en la película; como si el milagro del nacimiento de las imágenes y sonidos en movimiento tuviera que ser necesariamente milagroso.)

El rodaje de las dos primeras partes de Lamaland implicó muchos meses de filmación; años en total de hacer y rehacer tomas en conformidad con el clima y las estaciones del año

Los Schweikhart nunca hubieran tolerado un crew de rodaje, por pequeño que fuera. Salvo por el conductor que me llevaba todos los días a las cuatro de la mañana a su remota propiedad desde otra lejanía más, sólo yo perturbaba su soledad. Poco a poco fui siendo, sin advertirlo, parte de ella. •

Programador de Lamaland (Teil I) y de Der Wille zur Macht (2013)

—documental sobre Nueva Germania que precede al ciclo de Lamaland— en las ediciones de 2018 y 2014, respectivamente, del Festival de Cine de Róterdam.